Este 11 de febrero, con motivo de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, el Papa León XIV visitó la gruta dedicada a la Virgen en los Jardines Vaticanos, para rezar por todos aquellos que sufren en el mundo.
Este pequeño enclave, escondido entre los jardines del Vaticano, es una réplica del santuario francés donde en 1858 la Virgen se apareció a Santa Bernardette Soubirous, y que cada año recibe a millones de peregrinos.
El Papa rezó en silencio ante la Virgen de la gruta y posteriormente encendió una vela como signo de su oración por los enfermos.
Junto al Pontífice se encontraba un pequeño grupo de enfermos acompañados por hospitalarias de Lourdes y algunos familiares, a quienes les agradeció su presencia.
En un breve discurso improvisado, el Papa León XIV resaltó que hoy “es un día muy bonito que nos hace recordar la cercanía de María, nuestra madre, que siempre nos acompaña y nos enseña mucho: lo que significa el sufrimiento, el amor, el entregar la vida en manos del Señor”.
El Santo Padre pidió la bendición por los presentes y por todos los enfermos “en este día y siempre”, así como para todos aquellos que les acompañan, como los doctores, las enfermeras y aquellas personas que están cerca “especialmente en los momentos más difíciles”.
Al concluir su saludo, invitó a rezar juntos un Ave María y más tarde dedicó un tiempo a conversar personalmente con cada uno de los enfermos.
Durante la Audiencia General de esta mañana, el Santo Padre recordó que hoy se celebra la Jornada Mundial de los Enfermos y pidió a la Virgen de Lourdes que interceda por todos ellos y les conceda “las gracias que les sostengan en su camino”.
El Pontífice dedicó su catequesis de este miércoles a reflexionar sobre la relación que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, expresada en la Constitución conciliar Dei Verbum.
Ante los fieles reunidos en el Aula Pablo VI del Vaticano, subrayó que “la Biblia nació del pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios”.
Al hacer alusión al Concilio Vaticano II, el Papa recordó que la Iglesia “ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor”, y que las considera, junto con la Sagrada Tradición, “regla suprema de su fe”.
Recordó también la Asamblea General Ordinaria de los Obispos celebrada en 2008 bajo el título “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, cuyos frutos fueron recogidos por Benedicto XVI en la Exhortación postsinodal Verbum Domini, documento en el que afirmó que “la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María”.
En este contexto, el Papa León XIV remarcó que la Escritura “encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios”.
Citó a continuación la célebre frase de San Jerónimo: “La ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo”, la que, aseguró, “nos recuerda la finalidad última de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios”.
El Santo Padre señaló que esta relación puede ser entendida como una conversación y un diálogo, en la que “Dios habla a los hombres como amigos”. Algo que, según el Pontífice, sucede “cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros”.
Destacó además que la Sagrada Escritura “desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana”. Por ello, recordó que todos los fieles “están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos”.
También precisó que “el amor por las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas” deben guiar a quien ejerce el ministerio de la Palabra, como los obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas.
Al término de su catequesis, aclaró que la Iglesia “desea ardientemente” que la Palabra de Dios “pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe”.
“Pero la Palabra de Dios —añadió— también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos”.
“De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último”, dijo a continuación.
En cambio, explicó que la Palabra de Dios “sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus riquezas”.
Finalmente, señaló que “Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne” y que “todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para todos nosotros y para toda la humanidad”.
- Esta nota fue publicada originalmente en ACIPRENSA.


