Como es habitual al regreso de los viajes apostólicos, el Papa León XIV dedicó la Audiencia General a repasar su gira por África del 13 al 23 de abril: once días de peregrinación pastoral en los que visitó cuatro países —Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial—, recorrió once ciudades y realizó 18 vuelos.
“Mi permanencia allí quiso ofrecer al mundo un mensaje de paz en un momento marcado por conflictos y frecuentes violaciones del derecho internacional”, afirmó el Pontífice en los saludos a los fieles en inglés.
Junto al llamado a la paz, añadió, quiso señalar “las graves injusticias que existen en esos países tan ricos en recursos naturales”, y exhortó a la comunidad internacional a superar “actitudes neocoloniales” para comprometerse en una “colaboración auténtica” con el continente africano.
Hacer oír la voz de África
Asimismo, el Papa León XIV destacó el valor del viaje como plataforma para dar voz a las poblaciones africanas. Según indicó, la visita apostólica permitió a esos pueblos “hacer oír su voz y expresar la alegría de ser pueblo de Dios”, en medio de contextos sociales y políticos complejos.
En un tono personal, el Pontífice expresó su gratitud por lo recibido durante la gira pastoral. “Doy gracias al Señor por lo que ellos me han regalado a mí: un don inconmensurable de fe, esperanza y caridad, que ha enriquecido profundamente mi vida y mi ministerio”, señaló ante miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.
El balance del viaje, explicó, no se limita al ámbito pastoral, sino que constituye también una llamada a la responsabilidad internacional y un recordatorio de la dignidad de los pueblos africanos, cuya riqueza espiritual —concluyó— contrasta con las injusticias estructurales que siguen padeciendo.
“Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios”, señaló.
Tras las huellas de San Agustín
Al inicio de su catequesis, explicó las razones que lo llevaron a decidir que la primera etapa del viaje fuera Argelia, país que custodia los lugares vinculados a San Agustín: “He podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano”.
Tras Argelia, el Pontífice visitó Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, tres países que, a diferencia de Argelia donde el Islam es la religión oficial, practicada por más del 99% de la población, cuentan con una mayoría cristiana, donde —según señaló— pudo vivir intensamente la fe del pueblo. En esos lugares, dijo, “me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente africana”.
Como ya les ocurriera a sus predecesores, afirmó haber experimentado algo de lo que vivió Jesús con las multitudes de Galilea: personas “sedientas y hambrientas de justicia”.
La visita a Camerún tuvo un marcado acento pastoral y social. “Me ha permitido reforzar el llamamiento a comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia”, explicó.
El Papa se mostró especialmente satisfecho por haber podido desplazarse a Bamenda, en la zona anglófona, una zona castigada por el conflicto separatista, donde animó a trabajar unidos por la paz.
Recordó además que Camerún es conocido como “África en miniatura”, una expresión que no solo alude a la riqueza natural del país, sino también a los grandes desafíos que concentra: la distribución equitativa de las riquezas, la necesidad de dar espacio a los jóvenes superando “la corrupción endémica” y la urgencia de promover un desarrollo integral y sostenible frente a “las varias formas de neocolonialismo”, mediante “una cooperación internacional con visión de futuro”. El Pontífice agradeció “a la Iglesia en Camerún y a todo el pueblo camerunés” la acogida recibida y rezó para que el espíritu de unidad vivido durante su visita “se mantenga vivo y guíe las acciones futuras”.
Una Iglesia libre para un pueblo libre
La tercera etapa del viaje fue Angola, un gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, cuya historia está vinculada a la colonización portuguesa. “Como muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una larga guerra interna”, recordó. En ese contexto histórico, subrayó, “Dios ha guiado y purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre para un pueblo libre!”.
Uno de los momentos más significativos fue la visita al santuario mariano de Mamã Muxima, cuyo nombre significa “Madre del corazón”. Allí, confesó, “he sentido latir el corazón del pueblo angoleño”. En los distintos encuentros, relató haber visto “religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos”, catequistas entregados totalmente a sus comunidades, ancianos marcados por el sufrimiento pero transfigurados por “la alegría del Evangelio”, así como mujeres y hombres que danzaban “al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado”, fundamento —dijo— de una esperanza capaz de resistir “a las ideologías y las promesas vanas de los poderosos”.
Esa esperanza, advirtió, exige un compromiso concreto. La Iglesia, afirmó, tiene la responsabilidad de anunciar valientemente la Palabra de Dios y de promover el reconocimiento efectivo de los derechos de todos. En este sentido, aseguró a las autoridades civiles —tanto angoleñas como de los otros países visitados— la voluntad de la Iglesia Católica de seguir colaborando, especialmente en los ámbitos sanitario y educativo.
La última etapa del viaje fue Guinea Ecuatorial, el único país de habla española de áfrica, coincidiendo con el 170º aniversario de la primera evangelización del país. “Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo, el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia y, en los pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su voluntad de caminar hacia un futuro de esperanza”.
“Nunca había visto nada semejante”
Entre los momentos más impactantes del viaje, el Pontífice recordó su visita a la cárcel de Bata, donde los reclusos “cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa”, pidiéndole que rezara “por sus pecados y su libertad”.
“Nunca había visto nada semejante”, reconoció. Bajo una fuerte lluvia, rezaron juntos el Padre Nuestro, en un gesto que el Papa definió como “un signo auténtico del Reino de Dios”. También bajo la lluvia comenzó el gran encuentro con los jóvenes en el estadio de Bata: una celebración de alegría cristiana, con testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio “el camino para un crecimiento libre y responsable”.
-Esta nota fue publicada originalmente en ACIPRENSA.


