Quince días después de la muerte de su mamá, Israel Vargas tomó el teléfono por instinto. Quizá quería llamarla, como lo había hecho otras veces, para conversar con ella o simplemente saber que estaba ahí, pero recordó que ya no estaba, que ya no podría escuchar su voz.
Aunque sabía que la enfermedad de su mamá estaba avanzada, no imaginaba que partiría tan pronto. Como ocurre con muchas personas que pierden a alguien cercano, había dado por hecho que todavía tendría tiempo para hablar con ella, visitarla y recibir sus consejos.
“Lo más difícil fue experimentar esa ausencia de que ya llamarle de vez en cuando o ir a visitarla”, comparte.
Su experiencia refleja una de las dificultades del duelo, reconocer que la vida continúa, pero que la persona que formaba parte de ella ya no está físicamente.
¿Cómo aprender a vivir con esa ausencia sin perder la esperanza? La respuesta no consiste en olvidar a quien amamos ni en dejar de sentir dolor de un día para otro. Implica reconocer la pérdida, encontrar apoyo y, poco a poco, aprender a vivir con una nueva realidad.
La psicóloga clínica María Josefina Edith Parrilla Aguilar, especialista en tanatología, oncología y logoterapia, explica que cada persona vive este proceso de manera diferente. Desde el catolicismo, la esperanza en Dios también puede acompañar este camino, sin negar el sufrimiento que provoca la pérdida.
¿Qué significa vivir la ausencia de alguien que amamos?
La ausencia no siempre comienza con la muerte, pues también puede experimentarse cuando una pareja se separa, un divorcio transforma la vida familiar, una amistad termina, un familiar emigra o se pierde el contacto con alguien importante.
Parrilla Aguilar explica que el duelo no se limita al fallecimiento de una persona. También puede surgir ante otras pérdidas afectivas, aunque las circunstancias y las posibilidades de reencontrarse con quien está ausente sean diferentes.
“Un ejemplo es el de las familias de personas desaparecidas, que viven con la incertidumbre de no saber dónde están sus seres queridos y, en ocasiones, conservan la esperanza de que sigan con vida”.
En estos casos, la falta de respuestas puede hacer especialmente difícil afrontar la ausencia. Por ello, la especialista subraya la importancia de respetar las emociones de cada persona, incluso cuando no se conoce por completo su historia.
“El proceso también depende del vínculo que existía con quien se ha ido y de las circunstancias en que ocurrió la pérdida. No es lo mismo afrontar la muerte de una madre que la separación de una pareja o la distancia de un amigo. Por eso, no existe un tiempo único para vivir el duelo ni una manera universal de hacerlo”, detalla la psicoterapeuta.
Cuando alguien sigue vivo, pero ya no forma parte de nuestra vida
Una separación amorosa, un divorcio o el distanciamiento de una persona significativa también pueden provocar dolor. Aunque la persona continúe con vida, su ausencia puede modificar las rutinas, los proyectos y las expectativas que se compartían.
Parrilla Aguilar señala que “Ante una separación, el enojo puede aparecer al principio y dificultar que se reconozcan los distintos aspectos de la relación. Con el tiempo, algunas personas consiguen mirar su historia con mayor perspectiva, reconocer las dificultades que existieron y recordar también los momentos positivos”.
Añade que aceptar una separación no significa necesariamente estar de acuerdo con lo ocurrido ni dejar de sentir tristeza. Supone reconocer la nueva realidad y comenzar a reorganizar la vida sin la presencia cotidiana de esa persona.
“En estos casos, también es importante respetar el proceso individual. No todas las personas reaccionan de la misma manera ni necesitan el mismo tiempo para adaptarse”, comenta.
Asimismo, asegura que ante una separación, la esperanza no tiene que significar que la relación se restablecerá. También puede consistir en reconocer que es posible reconstruir la vida, recuperar proyectos personales y encontrar nuevas formas de bienestar.
Aceptar la ausencia no significa olvidar
Una fotografía, una canción, un aroma o un alimento pueden despertar recuerdos de alguien que murió. En ocasiones, estas experiencias provocan lágrimas y reavivan la nostalgia, incluso cuando han transcurrido años desde la pérdida.
Para Parrilla Aguilar, recordar a un ser querido forma parte de la manera en que una persona conserva el significado de esa relación.
La especialista explica que, durante su acompañamiento, invita a las personas a recurrir a fotografías u objetos que representen a quien murió. Estos elementos pueden ayudarles a expresar lo que sienten y reconocer el lugar que esa persona ocupa en su historia.
“Las tradiciones familiares también pueden contribuir a mantener viva la memoria. La colocación de una ofrenda durante el Día de Muertos, por ejemplo, permite recordar a quienes fallecieron mediante fotografías, alimentos y objetos significativos”.
“El dolor puede permanecer, pero la manera de vivirlo puede cambiar con el tiempo”.
Así lo ha experimentado Israel, quien encuentra en los recuerdos de su mamá una forma de mantener presente lo que ella significó en su vida.
“La recuerdo como alguien con quien podía conversar, compartir bromas y encontrar tranquilidad. Incluso cuando no le contaba mis problemas para no preocuparla, pero ella sabía perfectamente que algo me sucedía y siempre encontraba las palabras adecuadas para confortarme”.
Ahora, cuando siente que las fuerzas le faltan, recuerda mentalmente su voz y los consejos que le daba para seguir adelante.
“Mi manera de cambiar al recordar a mi mamá con el paso del tiempo es que ahora ya la recuerdo con más tranquilidad, ya no me deprime tanto”, comparte.
¿Qué enseña la Iglesia sobre la muerte y la esperanza?
Para los católicos, la esperanza ante la muerte tiene su fundamento en la resurrección de Jesucristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 988, enseña que la profesión de fe cristiana culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos y la vida eterna. Esta esperanza no elimina el dolor que provoca la separación, pero sitúa la muerte dentro de la promesa de una vida que no termina en ella.
En la encíclica Spe salvi, Benedicto XVI reflexiona sobre la esperanza cristiana y en el numeral 1, el Pontífice explica que esta permite afrontar el presente, incluso cuando resulta difícil, porque la vida se orienta hacia una meta que da sentido al camino. Encíclica Spe salvi, de Benedicto XVI
La muerte de una persona amada puede llevar a preguntarse por qué ocurrió, por qué no hubo más tiempo o cómo será posible continuar sin su presencia. La fe cristiana no exige ocultar estas inquietudes ni fingir que no duelen.
“La única esperanza que tengo es que el día que yo muera sea ella quien me reciba en el Cielo”, asegura Israel.
Esta convicción lo acompaña mientras continúa con su trabajo y su familia. Su relación con Dios, cuenta, no cambió después de la pérdida. Sigue rezando y pide bendiciones para continuar adelante.
La esperanza cristiana en la vida eterna no significa que una persona deba dejar de llorar o que tenga que encontrar de inmediato un sentido a lo ocurrido. Significa que, para quien cree, la muerte no tiene la última palabra, comenta la psicoterapeuta.
¿Cómo acompañar a alguien que está de duelo?
El sufrimiento de una persona no siempre es fácil de comprender desde fuera. Incluso quienes desean ayudar pueden equivocarse al intentar encontrar las palabras adecuadas.
Frases como “ya supéralo”, “tienes que ser fuerte” o “todo va a estar bien”, pueden resultar insuficientes para alguien que acaba de perder a una persona importante.
Parrilla Aguilar recomienda acompañar el duelo con prudencia, cariño y respeto, sin comparar el dolor propio con el de los demás.
A decir de la especialista, una manera de expresar cercanía, es reconocer que no se comprende por completo el sufrimiento del otro, pero que se está dispuesto a acompañarlo dentro de las propias posibilidades.
También sugiere preguntar qué necesita la persona y ofrecer ayuda concreta. A veces, acompañar significa escuchar sin interrumpir; otras veces, puede consistir en ayudar con alguna tarea cotidiana, compartir una comida o invitarla a salir, sin presionarla.
Israel reconoce que el apoyo de su esposa y sus hijos fue importante para afrontar la muerte de su mamá. Compartir actividades con su familia le permitió continuar con sus responsabilidades mientras aprendía a vivir con la ausencia.
Sin embargo, considera que las palabras de consuelo no eliminan el dolor.
“Por mucho que te den una palmada, un abrazo, pues no es suficiente para cuando tienes la ausencia de la mamá o de un ser querido que murió”, comparte.
Por eso, es importante evitar los juicios y respetar los tiempos de cada persona. Cuando el sufrimiento dificulta de manera persistente la vida cotidiana, buscar acompañamiento psicológico o tanatológico puede ayudar a afrontar la pérdida. Para quienes desean integrar su fe a este proceso, el acompañamiento espiritual también puede ser un apoyo.
La especialista señala que la ayuda debe ofrecerse sin reprochar a quien atraviesa el duelo sus dudas o su enojo con Dios. Escuchar y respetar sus emociones puede facilitar que encuentre un espacio de confianza para expresar lo que vive.
Seguir adelante sin renunciar a la esperanza
Después de una pérdida, algunas personas experimentan culpa cuando vuelven a disfrutar de una actividad, se reúnen con sus amigos o encuentran motivos para sonreír. Pueden sentir que continuar con su vida significa dejar atrás a quien murió. Sin embargo, recordar a un ser querido no implica detener la propia existencia.
Para Israel, aprender a vivir con la ausencia de su mamá ha significado continuar con su trabajo, cuidar de su familia y reconocer que, aunque todavía la extraña, ahora puede recordarla con mayor tranquilidad.
Su mamá sigue presente en las fotografías, en los recuerdos y en las palabras de aliento que conserva en su memoria. La esperanza de volver a verla también forma parte de su manera de afrontar la pérdida.
Como explica el papa Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi, la esperanza cristiana se fundamenta en la fe en la vida eterna y en el amor de Dios, que no queda vencido por la muerte. Esta esperanza no elimina la tristeza ni devuelve la presencia física de quien murió, pero ofrece una perspectiva de fe desde la cual afrontar la separación y encontrar consuelo.


