Nota del editor: La siguiente columna del arzobispo de Detroit, Edward J. Weisenburger, se publicó por primera vez en inglés el 1 de febrero de 2026 en el Detroit Free Press.
A la luz de los recientes y trágicos incidentes relacionados con la aplicación de las leyes de inmigración, muchas personas han solicitado mi opinión sobre los procedimientos de inmigración de nuestra nación.
De hecho, este es uno de los temas que me quita el sueño por las noches.
Antes de abordar la pregunta, permítanme relatar parte de mi historia personal que, junto con el Evangelio y las enseñanzas católicas, han influido profundamente en mi comprensión de la situación.
“Lo que hagan al más pequeño de los míos, me lo hacen a mí”
Cuando serví como obispo de Tucson, Arizona, mi diócesis abarcaba todo lo que es la frontera entre Arizona y México. Durante mi tiempo allí, Caridades Católicas de Tucson coordinó la acogida de miles de inmigrantes, en colaboración con entidades gubernamentales.
Aunque normalmente el número era mucho menor, en su punto máximo nuestra organización Caridades Católicas procesó como a 1,400 solicitantes de asilo e inmigrantes por día. Si bien la teología católica no distingue entre ayudar a inmigrantes con o sin documentos, debo señalar que todas las personas a las que ayudamos nos fueron remitidas por la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos u otros agentes federales, y todas ellas poseían documentos de inmigración válidos.
En mis interacciones con estos inmigrantes, al escuchar sus historias, sabía que estaba en tierra sagrada. También fui testigo de las heridas traumáticas de quienes habían visto morir a familiares o habían hecho todo lo posible por encontrar alimento para sus hijos hambrientos. Esa experiencia me cambió para siempre, y cuando la relaciono con la enseñanza de nuestro Señor —“Lo que hagan al más pequeño de los míos, a mí me lo hacéis”—, me siento obligado a hablar en nombre de ellos.
Fatal y tóxico
En las últimas semanas, hemos sido testigos de cómo un niño de 5 años, Liam Conejo Ramos, fue separado de su madre y trasladado rápidamente junto con su padre desde Minnesota a un centro de detención en Texas. Esta rápida reubicación parece ser una política que busca separar a los detenidos de sus familias, su comunidad y de cualquier asistencia legal local.
Dado que esta familia ingresó a Estados Unidos como solicitantes legales de asilo sin haber cometido ningún delito, muchos se preguntan: ¿por qué centrarse en ellos? Tras haber fracasado en gran medida en detener y deportar la gran cantidad de criminales violentos como se prometió, ¿está ahora el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) deteniendo a solicitantes legales de asilo solo para dar una apariencia de éxito?
Luego fuimos testigos del asesinato de Renee Good, cuya muerte a manos de agentes de ICE, fue declarada homicidio por la oficina del médico forense local. En lugar de permitir una investigación transparente e independiente, nuestro gobierno federal ha sido poco cooperativo e insiste en realizar solamente el equivalente a una investigación interna.
Más recientemente, hemos tenido la trágica muerte de Alex Pretti, un enfermero del Hospital de Asuntos de Veteranos. Una preocupación común en ambas muertes es que parecen haber sido casos que resultaron debido al uso excesivo y letal de la fuerza por parte de agentes federales. La situación se vuelve aún más tóxica por el hecho de que los líderes difamaron a Good y a Pretti a pocas horas después de sus muertes, a pesar de no contar con conocimiento sustancial de los hechos en ese momento.
El alma de los Estados Unidos está en riesgo
Debo admitir que, al contemplar esta situación en su totalidad, me siento perplejo y profundamente perturbado.
Como estadounidense orgulloso, siempre he vivido con la creencia de que somos una nación con valores fundamentales, una nación de virtudes nobles, una nación fundada sobre el estado de derecho y respetuosa de los derechos humanos. Mas a menudo, me pregunto si nuestra nación está perdiendo su alma, su propia esencia.
Por esta razón, uno mi voz al creciente número de personas que han expresado una grave preocupación por lo que está sucediendo entre nosotros.
También rechazo cualquier noción de una investigación interna de estos incidentes y, en su lugar, hago un llamado a una revisión independiente y transparente de estas acciones.
Por último, hago un llamado a la reunificación inmediata de niños pequeños completamente inocentes, que han sido separados de sus madres. ¿Acaso no somos mejores que esto?
El Congreso debe elaborar una reforma migratoria razonable
Debemos reconocer que una gran parte de la responsabilidad de esta catástrofe recae en el fracaso de nuestro gobierno federal para elaborar una reforma migratoria razonable.
Ante la ausencia de ese liderazgo federal, no debería sorprendernos la crisis humanitaria y moral que se ha producido.
Parece que los estadounidenses solo pueden concebir dos opciones: fronteras abiertas sin ningún tipo de restricciones, o fronteras cerradas sin inmigración de ningún tipo.
Esa dicotomía es una falacia. Es totalmente posible reconocer, respetar y defender nuestras fronteras, al mismo tiempo que se forja un camino para el mismo tipo de inmigración que trajo a muchos de nuestros antepasados a esta nación.
Creo que nuestros legisladores electos son inteligentes y capaces. Lo que falta es una determinación unificada para impulsar esta reforma migratoria crucial y tan necesaria. Aunque reconozco que es una tarea abrumadora, no obstante, insto a nuestros legisladores a abordar lo que es verdaderamente una cuestión de vida o muerte, aunque ello implique enfrentarse a la avalancha de críticas de quienes están firmemente atrincherados en uno u otro lado de esta crisis.
La exigencia ética de Cristo
Sin una reforma migratoria sustancial que equilibre la protección legítima de las fronteras con la misericordia que siempre ha sido la base de nuestra nación, temo que seguiremos viendo a niños de 5 años separados de sus madres, a ciudadanos estadounidenses asesinados mientras protestan o ejercen su derecho a la libertad de expresión, y a inmigrantes documentados que llegaron a este país por los canales correctos, detenidos para ser deportados.
Una vez más, estos temas son fundamentales para el discípulo de Jesucristo. “Lo que hacemos al más pequeño de nosotros, se lo hacemos a Él” es una exigencia ética que debe resonar en nuestros corazones y revelarse en nuestras vidas.
Pido a los fieles que se unan a las personas de buena voluntad en todas partes y que apoyen a quienes tienen miedo de salir de sus hogares, miedo de ir al hospital, miedo de llevar a sus hijos a la escuela, miedo de comprar alimentos: aquellos que se ven obligados a vivir con miedo cada momento de cada día.
Así es como caminamos junto a Jesucristo. Y a través de nuestras voces y nuestro testimonio siempre respetuoso y no violento, tal vez podamos mostrar que el alma de nuestra gran nación sigue viva y presente en nosotros.
Que Dios los bendiga, que Dios bendiga a quienes están en riesgo y que Dios bendiga a nuestra gran nación.
Edward J. Weisenburger es el arzobispo de Detroit.


