Hace unas semanas, mi hija de 6 años llegó a casa de la escuela y me preguntó: «¿Por qué la inteligencia artificial es tan mala?». Al parecer, un grupo de niños de primer grado estaba repitiendo conversaciones que habían escuchado sobre los desafíos ambientales, pero ella lo que más sabe es que su papá trabaja en IA y que es una forma en que las computadoras procesan la información más rápido. ¿Por qué su papá haría algo malo?
Esa conversación se me quedó grabada porque sigo viendo a padres de familia y maestros decir que simplemente van a prohibir que sus hijos usen la IA. Y, honestamente, lo entiendo. Mis hijos tienen el tiempo de pantalla muy limitado. Sin embargo, el simple hecho de no hablar de la inteligencia artificial no es una opción. Y esto se debe a que la IA está moldeando cada aspecto de nuestro discurso público, incluidas las conversaciones en las mesas del almuerzo de primer grado.
En la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV afirma que la familia es «el primer entorno en el que todas las personas desarrollan su potencial, toman conciencia de su dignidad y aprenden las formas más tempranas de la verdad y la bondad». Mientras el mundo habla de algoritmos y velocidades de procesamiento, las familias católicas deberían centrarse en la formación espiritual. Esto no significa esquivar la conversación sobre la IA; significa asegurarnos de que nuestros hijos tengan una base firme para enfrentar las preguntas que se avecinan sobre la conciencia, las relaciones y lo que significa ser humano.
Ya lo estás haciendo
En nuestras familias católicas, muchas de estas conversaciones importantes ya están sucediendo. La formación que reciben en la Misa, las comidas compartidas, las clases de catecismo, etc., es el fundamento de todo lo que tus hijos necesitarán para navegar en un mundo moldeado por la inteligencia artificial.
No necesitas entender cómo funciona un modelo de lenguaje extenso (LLM) para enseñarle a tu hijo que un chatbot no es un amigo. Necesitas teología católica básica: enseñar a los niños que están hechos a imagen de Dios y que no se definen por lo que logran o dejan de lograr. A través de esta formación católica, les estás enseñando lo más importante que Magnifica Humanitas nos viene a decir: que nuestra dignidad es un regalo de Dios y que «ninguna máquina podrá reemplazarla jamás» (15).
Cerrando la brecha
Aunque los cimientos se pueden construir sin mencionar explícitamente la inteligencia artificial, la experiencia de mi hija con sus compañeros de clase demuestra que sí necesitamos tener conversaciones más específicas. La vida normal presenta una gran variedad de oportunidades para señalar la naturaleza imperfecta de las computadoras.
El otro día, mientras conducía por mi vecindario, noté que la computadora de mi auto me decía —falsamente— que el límite de velocidad era de 70 mph (unos 110 km/h). Esto continuó incluso cuando entré a la entrada de mi casa y me detuve por completo. Momentos como estos son excelentes oportunidades para señalar el error de la computadora y dialogar sobre las posibles consecuencias de seguirla a ciegas.
Las conversaciones sobre los chatbots también pueden surgir en la escuela o en charlas casuales con amigos. Los niños pueden experimentar tareas calificadas por computadora, lo que da una oportunidad para comparar las interacciones humanas frente a las de las computadoras. Los videojuegos pueden integrar traducciones automáticas, lo que ofrece la oportunidad de hablar sobre cómo la computadora cambió las palabras sin entender realmente su significado.
Las conversaciones más difíciles ocurren cuando la IA no se equivoca, sino cuando no se está utilizando bien: chatbots que nos tientan con su "amistad" a través de halagos constantes, o contenido perfectamente recomendado para engancharnos a las aplicaciones de redes sociales por más tiempo, etc. Ahí es cuando la formación importa más, ayudando a nuestros hijos a identificar cuándo una computadora está imitando la empatía y la comprensión humana.
Estas conversaciones pueden fluir de manera natural a partir de las interacciones con la tecnología que ya están presentes en nuestras vidas, sin necesidad de convertirse en sermones solemnes o discursos extensos. La experiencia de cada familia con la IA será única según su relación con la tecnología, así que no hay una sola conversación correcta —pero las conversaciones deben comenzar.
Para nuestros hijos, el punto de partida no tiene que ser una descripción complicada sobre álgebra matricial o un análisis profundo sobre la conciencia humana. No tenemos que empantanarnos en los detalles. Nuestros hijos necesitan una formación católica básica: esos momentos cotidianos que dan forma a cada una de nuestras iglesias domésticas. Al empezar por ahí, cumplimos el papel que el Papa León imaginó para la iglesia doméstica, comenzando con la dignidad humana, la verdad y la bondad.
En cuanto a la pregunta de mi hija sobre si la IA es «mala», todavía estamos hablando de ello. Y ese es, precisamente, el objetivo.
Stephanie Quesnelle es analista de investigación sénior en Data Driven Detroit, un intermediario local de datos. Su enfoque principal es la alfabetización de datos, traduciendo datos complicados en recursos accesibles para organizaciones comunitarias, medios de comunicación y tomadores de decisiones. Madre de cinco hijos, Quesnelle es también autora del próximo libro infantil «Creados, no codificados: Una guía para la familia católica sobre la inteligencia artificial» (Created, Not Coded: A Catholic Family's Guide to Artificial Intelligence). Quesnelle tiene una Maestría en Asuntos Públicos por la Universidad de Indiana y fue becaria Fulbright en 2012. Recientemente participó como ponente en la conferencia «El ministerio en la era de la IA» de la Arquidiócesis de Detroit.


