Un regalo de valor inestimable: una reflexión sobre la Preciosa Sangre de Jesucristo

Al consumir lo que ciertamente parece y sabe a vino, no entramos en contacto con nada más que la misma sangre que Cristo en su amor derramó en su agonía en el huerto, en su azote y coronación de espinas, en su subida al Calvario y en su crucifixión. , y finalmente de aquella gran y amplia herida abierta en su Sagrado Corazón cuando todo “estaba acabado.” (Foto de archivo católica de Detroit)

El siguiente es un mensaje del Arzobispo Allen H. Vigneron a los fieles de la Arquidiócesis de Detroit:

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Recientemente he tenido motivos para recordar que en el último año de mi tiempo como obispo de Oakland ofrecí a los fieles una meditación sobre el poder de la Preciosa Sangre de Jesucristo. Después de revisarla, he decidido compartir mis reflexiones con ustedes para que les sirvan de cualquier ayuda en su observancia de oración de la Semana Santa, particularmente mientras avanzamos juntos por el camino de nuestro Avivamiento Eucarístico.

Mi meditación sobre la Preciosa Sangre se vio enormemente enriquecida por una escena de la película de Mel Gibson, “La Pasión de Cristo.” Si han visto la película, recordarán que después de la flagelación de Cristo, se muestra a Nuestra Señora arrodillada sobre el piso del patio, limpiando la sangre de su Hijo con un paño de tela. Aunque no hay .ninguna garantía en ninguno de los Evangelios ni en otras fuentes de la verdad histórica de esta representación, esta escena tiene una especie de congruencia que contribuyó a hacer de este momento, al menos para mí, uno de los más memorables de la película.

Esta imagen capta vívidamente el valor inestimable de la sangre de Cristo. Creo que me viene a la memoria justo ahora debido al punto en el que nos encontramos en nuestro progreso de la Cuaresma hacia la Pascua. En las lecturas de la misa y en la Liturgia de las Horas se menciona cada vez más la sangre: el derramamiento de la Preciosa Sangre de Cristo por nosotros en su Pasión y cómo esa efusión de su sangre nos salva. Estas expresiones de esta verdad de nuestra fe llegan a su pleno florecimiento en la Vigilia Pascual, cuando el diácono, en el Exsultet, proclama que debemos alegrarnos porque “éstas son las fiestas de la Pascua, en las que se inmola al verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles”.

En el Oficio de las lecturas del viernes de la tercera semana de Cuaresma, leemos en la meditación de san Gregorio Magno sobre la oración de Nuestro Señor por el perdón de sus verdugos, cómo este llamado a su Padre por misericordia para ellos está presente en su sangre. Cómo es posible que muchos de ustedes no tengan acceso a este texto, lo compartiré con ustedes aquí.

San Gregorio toma la oración de Job, “Tierra, no cubras mi sangre, no encierres mi demanda de justicia (Job 16:18)”, como expresión de la oración de Cristo por aquellos que le dieron muerte: “[Este versículo] habla de la sangre de Cristo. La tierra no cubre (o absorbe) la sangre de nuestro Redentor, pues todo pecador, al beber la sangre que es el precio de su redención, ofrece alabanzas y acción de gracias y en la medida de sus posibilidades da a conocer esa sangre a todos los que le rodean. ...La sangre que se bebe, la sangre de la redención es en sí misma el grito de nuestro Redentor. [La Carta a los Hebreos] habla de ‘la sangre que purifica y que clama a Dios con más fuerza que la de Abel’ (12:24). De la sangre de Abel la Escritura proclama: ‘Clama la sangre de tu hermano y su grito me llega desde la tierra’ (Gn. 4:10). La sangre de Jesús clama con más elocuencia que la de Abel, pues la sangre de Abel pedía la muerte de Caín el fratricida, mientras que la sangre del Señor pidió, y obtuvo, la vida para sus perseguidores.”

La Carta a los Hebreos le proporciona a san Gregorio una referencia que ayuda a desarrollar su punto con gran fuerza. Esto es muy comprensible, ya que esa carta es, en cierto sentido, una extensa meditación sobre Jesús como el sumo sacerdote de la Nueva Alianza. En su Ascensión, se presenta ante el Padre en el santuario celestial con su propia sangre para obtener nuestra salvación (ver Heb. (9:1-14)). Sin duda es por la elocuencia con la que la Carta a los Hebreos explica cómo la ofrenda de la sangre de Cristo fue el precio de nuestra redención por lo que este libro del Nuevo Testamento se lee ininterrumpidamente en el Oficio de lecturas de las dos últimas semanas de Cuaresma hasta la Vigilia Pascual.

Todo el Nuevo Testamento, no sólo la Carta a los Hebreos, atestigua el valor infinito de la sangre de Cristo. De acuerdo con todos los relatos de la institución de la Sagrada Eucaristía en la Última Cena, Jesús identifica su sangre como derramada para la remisión de los pecados, como el sello de la alianza nueva y eterna. Así pues, es el sacrificio de expiación anunciado por Isaías en su profecía del Siervo Sufriente de Dios.

San Pablo, en su despedida a los efesios, les recuerda que Dios Padre adquirió su Iglesia “con la sangre de su propio Hijo” (Hch. 20:28). San Pedro lo expresa de esta manera: “No olviden que han sido rescatados de la vida vacía que aprendieron de sus padres; pero no con un rescate material de oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto” (1 Pe. 1:18-19). Y el testimonio de san Juan sobre la efusión de sangre junto con agua del costado abierto de Cristo muerto en la cruz es su afirmación de este misterio.

San Juan XXIII, en su Carta Apostólica sobre la Preciosísima Sangre, resume las riquezas de la enseñanza bíblica al hablar de la sangre de Cristo como “el precio de nuestro rescate, prenda de la salvación y de la vida eterna”. Este gran papa nos recuerda que “si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios [Cristo] e infinita la caridad que le impulsó a derramarla … y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia”. Para reforzar su argumento, san Juan cita a san Juan Crisóstomo: “Esta Sangre derramada purifica el mundo”.

Al vincular la eficacia ilimitada de la sangre de Cristo con la eficacia ilimitada de su amor, san Juan XXIII nos da la clave para comprender cómo es que el derramamiento de la sangre del Señor logra nuestra redención. En su Pasión, Jesús amó incondicionalmente y así repara todos los actos pecaminosos de la historia humana – desde Adán hasta el fin de los tiempos – en los que le negamos a Dios el amor incondicional que merece de nosotros. Cristo ama infinitamente en el derramamiento de su sangre y esa efusión nos reconcilia con Dios y a unos con otros.

San Juan entiende que en la medida en que los cristianos comencemos a comprender el significado del derramamiento de la sangre de Cristo por nosotros, no podremos evitar el “ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús”. En otras palabras, en la medida en que comprendamos el valor de la sangre de Cristo, crecerá en nosotros una ardiente devoción hacia su sangre. Tal devoción amorosa es, pues, un fruto especial de nuestra observancia de la Cuaresma. Al recordar lo que Jesús, como Cordero Pascual de la Nueva Alianza, hizo para salvarnos, respondemos con mayor fe, amor y confianza en él. (Diré algo más sobre esto al final de mi reflexión).

Una de las exposiciones más hermosas que he encontrado sobre el poder y el valor de la sangre de Cristo fue en un sermón del Dr. Billy Graham que escuché por televisión hace muchos años. El Dr. Graham concluyó su predicación exhortando a la congregación a comprender el valor de la sangre salvadora de Cristo y a renovar su fe en su poder. Para mí su sermón, por poderoso que fuera, no estaba completo. Era como una de esas estatuas antiguas que han llegado hasta nosotros como sólo un torso sin brazos ni piernas ni cabeza. Era un fragmento. ¿Por qué? Porque Cristo nos invita no sólo a tener fe en su Preciosa Sangre, sino realmente a recibir su sangre en la Sagrada Eucaristía.

En el Santísimo Sacramento, Cristo nos da su cuerpo bajo la apariencia del pan y su sangre bajo la apariencia del vino. Su propósito al establecer este sacramento es unirnos a su sacrificio salvador, darnos la comunión con su amor. Y cada conjunto de elementos es un signo impresionante de la gracia que se nos concede a través del signo. Como nos recuerda santo Tomás de Aquino, recibir a Cristo entero bajo estos dos signos diferentes “sirve para representar la pasión de Cristo, en la que la sangre fue separada de su cuerpo” (ST, III, 76, 2). Beber la Preciosa Sangre de Cristo del cáliz es una gracia casi incomprensible: la presentación a nosotros y la aceptación por nosotros de la mismísima sangre por la que somos salvados.

Tengo la convicción de que uno de los mejores resultados que cabe esperar de nuestra meditación atenta sobre el significado y el poder de la Preciosa Sangre de Cristo, especialmente en estos años del Avivamiento Eucarístico, será una reverencia renovada al beber la sangre de Jesús en la sagrada Comunión. Al consumir lo que ciertamente parece y sabe a vino, entramos en contacto con la mismísima sangre que Cristo, en su amor derramado durante su agonía en el huerto, en su flagelación y coronación de espinas, en su subida al Calvario y crucifixión y finalmente de esa gran herida abierta en su Sagrado Corazón cuando “todo estuvo cumplido”.

Con este renovado aprecio por el incomparable regalo de la Preciosa Sangre de Cristo que se nos ofrece en el cáliz en la misa, acerquémonos a él con asombro y admiración. Caminemos desde nuestra banca hasta la Hostia y luego hasta el cáliz, con el corazón encendido por el amor divino que estamos a punto de consumir. Que nuestro simple gesto de reverencia ante el cáliz esté “sobrecargado” de todo nuestro amor y adoración por Cristo que derramó su Preciosa Sangre por nosotros y por aquellos a quienes queremos, incluso por nuestros enemigos y por el mundo entero. Que ninguno de nosotros se refiera a lo que hay en el cáliz como “vino”. No más referencias casuales a “tomar el vino” o “beber el vino” o “ministrar el vino” o “gustar del sabor del vino”. No es vino. Es sangre, la sangre de Dios.

Que todos nosotros, especialmente nosotros los sacerdotes, diáconos y ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, expresemos indefectiblemente nuestra adoración por aquello que sostenemos en el cáliz mientras la Preciosa Sangre permanezca allí presente. Observemos cuidadosa y plenamente las normas de la "Instrucción" del Misal sobre la recepción y distribución de la Preciosa Sangre, no por el bien de las normas en sí mismas (eso sería sólo legalismo), sino con una atención y reverencia que expresen de corazón nuestra adoración amorosa. De este modo nos llamaremos e inspiraremos unos a otros a ser de un mismo corazón y una misma mente en actos de adoración y gratitud. Y, por último, entreguemos toda nuestra alma a la gracia de beber la sangre de Cristo para que, a su vez, nos derramemos en amor por Dios y por el prójimo.

He mencionado anteriormente que la Semana Santa es el momento más apropiado para alimentar nuestra devoción a la Preciosa Sangre de Cristo. Meditar sobre las lecturas de las Sagradas Escrituras y los demás textos litúrgicos es una forma excelente de lograr este objetivo y tomar posesión de esta gran gracia. Otra ayuda que quisiera mencionar es la que elogia la carta de san Juan XXIII citada anteriormente: rezar las “Letanías de la Preciosísima Sangre”. Para ayudarles en este sentido, adjunto una copia a esta reflexión. Puede copiarla, colocarla en su libro de oraciones y hacerla parte de su oración.

Que el Espíritu Santo bendiga estos días finales de nuestra Cuaresma y que lleguen ustedes al Triduo Pascual renovados en la vida de Cristo, la vida inmortal que él nos ganó con la efusión de su sangre.

Sinceramente suyo en Cristo,

El Mas Reverendo Allen H. Vigneron
Arzobispo de Detroit

Letanía de la Preciosísima Sangre de Jesús

(Esta letanía traza claramente la línea de la historia de la salvación a través de una serie de referencias y pasajes bíblicos. En su forma actual fue aprobada por san Juan XXIII el 24 de febrero de 1960. Directorio sobre la piedad popular y la liturgia).

Señor, ten Piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten Piedad de nosotros. Cristo, escúchanos. Cristo por favor escúchanos.

Dios, Padre Celestial, ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.

Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Santísima Trinidad, que eres un sólo Dios, ten piedad de nosotros.

Sangre de Cristo, Hijo unigénito del Eterno Padre, sálvanos.

Sangre de Cristo, Verbo encarnado de Dios, sálvanos.

Sangre de Cristo, de la nueva y eterna alianza, sálvanos.

Sangre de Cristo, caída en la tierra durante la agonía en huerto, sálvanos.

Sangre de Cristo, derramada profusamente en la flagelación, sálvanos.

Sangre de Cristo, que brotó en la Coronación de Espinas, sálvanos.

Sangre de Cristo, derramada en la Cruz, sálvanos.

Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, sálvanos.

Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón, sálvanos.

Sangre de Cristo, bebida eucarística y sustento de las almas, sálvanos.

Sangre de Cristo, río de misericordia, sálvanos.

Sangre de Cristo, vencedora de los demonios, sálvanos.

Sangre de Cristo, valor de los mártires, sálvanos.

Sangre de Cristo, fuerza de los confesores, sálvanos.

Sangre de Cristo, que engendras vírgenes, sálvanos.

Sangre de Cristo, auxilio de los que están en peligro, sálvanos.

Sangre de Cristo, alivio de los afligidos, sálvanos.

Sangre de Cristo, respiro en el pesar, sálvanos.

Sangre de Cristo, esperanza de los penitentes, sálvanos

Sangre de Cristo, consuelo de los moribundos, sálvanos.

Sangre de Cristo, paz y ternura de los corazones, sálvanos.

Sangre de Cristo, promesa de vida eterna, sálvanos.

Sangre de Cristo, liberación de las almas del Purgatorio, sálvanos.

Sangre de Cristo, dignísima de toda gloria y honor, sálvanos.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

V. Nos has redimido, Señor, con tu sangre,

R. Y has hecho de nosotros un reino para nuestro Dios.

Oremos

Dios todopoderoso y eterno, que has designado a tu Hijo unigénito como redentor del mundo, y has querido ser reconciliado por su Sangre, concédenos, te suplicamos, que adoremos dignamente este precio de nuestra salvación, y por su poder seamos salvaguardados de los males de esta vida presente, para que nos regocijemos en sus frutos para siempre en el cielo. Por Cristo Nuestro Señor.

R. Amén.



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